Lo tuyo y lo mío
De Maribel Zupel – 2001
Cuando la señora llegó a la estación, le informaron que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una boteela de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera.Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.
De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió comenzó a comer. La señora se molestó un poco, no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven.Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella tomó otra galleta y, con ostenibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta.
La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta y pensó: “No podrá ser tan caradura”, mientras miraba alternativamente al joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco.
-Gracias! -dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta.
-De nada -contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad.Entonces el tren anunció su partida.
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su bagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: “Qué insolente y mal educado! Que será de nuestro mundo!”
De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.
Cuántas veces nuestros prejuicios y decisiones apresuradas nos hacen valorar erroneamente a los demás y cometer graves equivocaciones. Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que juzguemos arbitrariamente a las personas y las situaciones, encasillándolas en ideas preconcebidas alejadas de la realidad. Por lo general nos inquietamos por eventos que no son reales y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca van a ocurrir. Dice un viejo proverbio:
“Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente; pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera”.


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